Posteado por: AdM | 19 mayo 2010

La degradante vulgaridad que explota la televisión.

Este artículo escrito por Mila Dosso en el diario Norte describe de manera brillante a los contenidos horrendos de nuestra televisión basura y lo relaciona con la imágen de la mujer  según los medios de comunicación audiovisuales.

Disfruten:

Asquea ver, día a día, tanta degradación. Y lo que más repugna es comprobar que, en las situaciones de máximo bochorno, todos los programas de espectáculos —Tinelli en la cresta de la ola—, absolutamente todos, alcanzan los más altos puntos de rating. Millones de personas “disfrutando” de ese esquivo placer por lo perverso, cuando arrecian las trifulcas infladas ex profeso y las imágenes de alguna vedette, diva, actriz o vaya a saber qué, desnudando —sin pena ni gloria— su cuerpo, sus miserias, su desmedida codicia por ser “figura” y sometiéndose sonriente y feliz a todo tipo de vejaciones y manoseos del conductor o de algún figurón espantoso e impresentable como Ricardo Fort.

Bailando por un sueño es tal vez el más representativo de estos programas en los que se ofrecen -con anuencia para rozar la más barata pornografía sin siquiera guardar la mínima estética, no pretendamos un asomo de ética- todos los ingredientes: las participantes cada vez más desnudas, el zoom de la cámara apuntando estratégicamente a escotes y traseros tan parados y abultados que resultan grotescos, chocantes, antinaturales; y chistes discriminatorios para alguna desconocida y pobre infeliz como Zulma Lobato, o títulos de “señora” y “diva” para las figuritas mediáticas más tilingas y taquilleras de la farándula. Sexo y violencia.

Convengamos que no es sólo Tinelli. Todos los medios de comunicación reproducen los estereotipos sociales de género en los que se basa la discriminación de las mujeres. Desde la publicidad hasta los noticieros muestran una de dos imágenes, nada más: o sólo madre y ama de casa, feliz de que los grandes monopolios le brinden productos de limpieza, electrodomésticos y analgésicos de venta libre para entregarse a su fatal destino sin dolores musculares; o, en el otro extremo, “modernas” y “exitosas” féminas que trabajan fuera de casa. En el último caso, eso sí, siempre será empresaria, profesional o secretaria ejecutiva, pero jamás una de las mujeres que pasan más de ocho horas plantadas ante un cajero o en cualquier fábrica o taller. Pero ama de casa o trabajadora extra-doméstica, la mujer siempre destellará bella, elegante y sexy, porque conseguir, tener o mantener un marido/amante a su lado debe ser uno de sus objetivos primordiales, casi excluyente. Hay que decir que también, de la mano de la insufriblemente “culta” Graciela Alfano o de la irresistible (por adefesio) Moria Casán, se puso de súper onda otra “transgresión” en la pantalla: las escenas y juegos lésbico-eróticos entre mujeres son un producto más para el ratoneo del consumidor masculino. Y presentado como un logro de equidad de género, allí también estarán los strippers masculinos o los pavorosos Ricky Fort haciendo maniobras, piruetas o histeriqueos de lo más excéntricos que, supuestamente, nos erotizan a las mujeres tal como las cabriolas femeninas los vuelven locos a ellos. Mientras, en los noticieros, a las mujeres nos asesinan en crímenes “pasionales”, lo cual sugiere, obviamente, que hemos colocado ornamentos en la frente del compañero o que éste simplemente lo sospecha, o que no le gustó la mirada que nos pegó el colectivero de la 101 al pasar. Obviamente —y también— cabe colegir que el muy bueno nos amaba con locura y fuimos nosotras las únicas culpables: lo defraudamos y lo condujimos al crimen. Aunque hay excepciones en las que se muestra a las mujeres tal cual somos, lo cierto es que lo absolutamente predominante es que se muestre la imagen de lo que se espera que seamos. La utilización en los medios, sobre todo en la TV, de un lenguaje sexista, ordinario y vacuo que insulta a las mujeres, las humilla, las subordina o reduce su condición y su aporte a un desfile de tetas, traseros y bocas pulposas y rígidas supone una afrenta, una violencia subterránea y psicológica contra ellas, consentida por toda la sociedad. Es, lisa y llanamente, uno de los modos que asume la violencia de género.

Y no es casual que esté presente en la TV. ¿Qué hay entre bambalinas? Primero hay que decir que, detrás de Tinelli —uno de los empresarios más importantes de los medios de comunicación, que esta semana dio otra “gran nota” y rompió todos los rating con el escándalo entre Pachano y Alfano—, necesariamente existe una productora y un canal que emite. ¿De quién es “Ideas del Sur”? ¿Y quién es dueño del canal donde está Tinelli? Responderse a estas preguntas puede ser muy revelador. Sobre todo para comprender que nada es casual ni inocuo; que detrás de esta “tinetilinguización” hay poderosos intereses a los que les es harto conveniente darle mucho circo a la gente. La televisión es un vehículo de control. Es el símbolo de la cultura de masas, esa cultura que se convierte en incultura cada vez mayor para aumentar su aceptación entre el público, que no busca otras opciones mejores (las hay) y se vuelve dócil, deja de pensar. Se convierte en un consumidor, una mercancía visual diseñada por el mercado que se rige por la pauta publicitaria mediante el ránking, el valor de cambio. Si es una estrategia de adormecimiento, ¿qué reacción se pretende impedir? Conviene no olvidar que siempre que el pueblo estuvo adormecido ocurrieron hechos atroces que todavía hoy nos lastiman.”

Fuente: diario Norte a través de 1984nwo.net

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